Verónica Cano.
Diplomada y Graduada en Trabajo Social; Licenciada en Criminología
y Máster en Análisis y Prevención del Crimen. Tras haber tomado unas llamativas
fotografías, decide investigar en solitario, dejando que su cámara capturase todo
aquello que se dejase capturar. En la actualidad, gestiona su propio blog de misterio
y fotografía, además de escribir relatos enigmáticos y participar en diferentes
medios de comunicación e investigaciones.

 http://www.excursionesparanormales.blogspot.com.es/

EXCURSIONES PARANORMALES
EL HOTEL OLVIDADO

Todos los lugares tienen una historia que contar. En ocasiones, esa historia es profunda
y reflexiva. En otras, sencillamente, aterradora. Pero, en todos los casos, se trata de un
relato propio, diferente a cualquier otro, único y capaz de atrapar a cualquiera en el
abismo de su particular esencia. Se podría decir que hace ya varios años descubrí ese
lugar. Y ya entonces reunía todas esas características. Se trataba de un viejo y roído
hotel, olvidado por la legislación de costas, devorado por el abandono y el agua del mar,
el cual, en cierto modo, era capaz de trasladarnos a otra época, mucho más gloriosa,
donde la belleza se medía en estrellas de cinco puntas

La primera vez que decidí cruzar el umbral de lo desconocido, descubrí que se trataba
de un lugar muchísimo más enigmático de lo que aparentaba. Incluso, más de lo que me
habían contado. Semejante complejo, inicialmente planteado como una residencia de
tercera edad, nació de la nada, y supuso el principio del todo. Cuando nadie apostaba
por un terreno rodeado de dunas, sus propulsores invirtieron dinero, tiempo y, sobre
todo, ilusiones, en la creación de un espacio sin igual, con servicios muy modernos
para su tiempo: discoteca, sala de grandes celebraciones, cuatro plantas y un total
de 146 habitaciones completas, incluyendo dos viviendas propiedad de sus dueños y una
maravillosa piscina rodeada de cristales. En el año 1979, hace casi cuatro décadas,
sufrió su cierre definitivo, aunque sus propietarios continuaron residiendo en el interior
hasta su venta. Curiosamente, la última vez que el edificio abrió sus puertas al público
fue para acoger el funeral de su propietario en el comedor principal, en el 1989

  

Todavía recuerdo las primeras ocasiones en las que decidí cruzar su umbral. Sustituir las
aplanadas losetas del paseo marítimo por la arena de playa, la cual ha ido recuperando,
sin piedad alguna, parte del territorio que le pertenece. Allí, el tiempo se detiene: los
relojes dejan de marcar horas, minutos y segundos para hacer regresar a cualquiera a
un tiempo pasado. El cual, y como bien dice la canción, siempre fue mejor. Muchos son
los detalles diluidos por el paso del tiempo, pero nada me ha impedido caminar durante
todo este tiempo sobre caras botellas de cava y restos de mermelada, mientras mis
dedos se han deslizado por ese papel aterciopelado que recubría las paredes.
Sin embargo, aquella noche de invierno fue diferente. El viento, osado y altivo, ululaba
sin cesar, colándose sin permiso por los ventanales, simulando un extraño aullido que
acababa por mezclarse con el oleaje. Desde la puerta principal, hoy totalmente cerrada,
podían divisarse ya no sólo los mostradores, sino el comedor principal, ese que en su día
disponía de una de las mejores vistas jamás disfrutadas

Y sí, fue justo ahí. En ese lugar concreto, en ese punto, donde lo sentí. Donde fui
testigo de algo insólito. Por un momento, los techos comenzaron a vibrar. Unos pasos
fuertes y contundentes caminaban por la planta superior, con la única intención de ser
escuchados. De ser percibidos. Ni una sola voz les acompañaba, ni tampoco los crujidos
propios del edificio: aquellas pisadas solitarias se atrevían a recorrer, con valentía, los
corredores que se alzaban sobre mí, mientras mi mirada incrédula observaba todo cuanto
había a su alrededor, sin poder dar explicación a lo que estaba sucediendo. La batería
de mi simplona cámara de fotos tocó fondo. Y decidió que era el mejor momento de
apagar el aparato, pero ello no impidió que continuase mi camino. Buscando en cada
rincón qué o quién podía haber sido capaz de producir semejante sensación.
Y así fue. Durante horas, mientras la noche caía sobre el edificio, generando sombras
aterradoras y escalofriantes. Pero no, allí no había nadie más,
salvo mi propia respiración entrecortada